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Parto en Madrid. LittlePadawan, el mediano

Parto en Hospital Gregorio Marañón, Maternidad de O’Donnell, Madrid 1 de Septiembre de 2014.

Aquel último día de agosto, domingo, despedíamos al abuelo a primera hora, su tren salía temprano y tocó madrugar.

Desayunamos tranquilamente y bajamos la piscina papá, BigPadawan con sus recién cumplidos 15 meses y servidora, una ballena que parecía esperar trillizos en lugar de un único y enclenque bebé.
Sumergida se podía vivir, me faltaba escupir agua por el espiráculo para ser enteramente un cachalote, o un chavalote como diría Big 😅

Papá pasó la mañana jugando con BigPadawan y yo sentumbada en el borde de la piscina, a remojo.

A la hora de comer el cansancio se apoderó de mi persona como si llevase cavando olivos una semana. Herví unos macarrones, atún, tomate frito y listo, comida preparada. No daba para más.

Nos acostamos todos para dormir una siesta y compensar las horas robadas a la mañana y, tumbada sobre la cama, creí notar contracciones. Comencé a cronometrarlas pero me quedé dormida. Huelga decir que no me dolían en absoluto, es más, casi ni las notaba.

No obstante, después de la merienda de BigPadawan, por si acaso, decidí ir al hospital.
Me dejáis en la puerta y os volvéis a casa, en un rato iré yo – le dije al padre en el coche.

No teníamos a nadie con quien dejar al primogénito y los minutos en un hospital con un bebé de 15 meses son eterrrrnos, además, estaba segura de que sería una pequeña infección de orina o algo así.

Monitores, exploración, más monitores, espera… Hora y media en el hospital, Madrid entera de vacaciones, sólo tres espectantes dando vueltas de un box a otro de urgencias.

– Estás comenzando a borrar el cuello y tienes contracciones. Te vamos a ingresar.

Guaaat?! Casi las ocho de la tarde. Llamo a mi madre: ven YA. Dos billetes quedaban libres en el último autobús que salía de Granada aquel día. In extremis, mi madre compró el penúltimo.
Su autobús no llegaría a la capital hasta al menos media noche.

Me ingresaron directamente en una sala de parto. Tras nuevos monitores y exploración empezó la matraca: te vamos a poner oxitocina, esto tiene que aligerar.
De nuevo, guaaat?! Pero qué me estás contando? Acabo de ingresar, mi pareja no está y ni siquiera me duelen las contracciones.

Pasé las siguientes tres horas negociando con la matrona y las enfermeras, rascando minutos, y dando vueltas alrededor de la cama para que la gravedad cumpliera su parte.

Lo que peor recuerdo de aquel día fueron esas horas. La presión de verme sola frente al personal que por protocolo, como ellos mismos me indicaron, querían someterme inútilmente a un parto medicalizado. Terminé agotada tras esas horas en permanente movimiento. Me tumbé en la cama y pocos minutos después, una y pico, llegó el padre de la criatura.

Mi madre llegó a nuestra casa para darle el relevo sobre las 00:30. BigPadawan dormía ajeno a todo.

Al llegar el padre, el hospital estaba cerrado

En Urgencias no le dejaron pasar ni le dijeron cómo podía acceder. Dando vueltas alrededor del edificio vio, tras una puerta cerrada, al fondo de un pasillo, a un vigilante de seguridad. Golpeó con los nudillos la puerta haciéndole señas al vigilante, éste se acercó y, afortunadamente le dejó pasar.

Cuando llegó me quedé sin uno de mis grandes argumentos. Ya estaba el padre, había que parir. Negociando con el personal logré cambiar oxitocina por rotura de bolsa y que me dejaran en paz. Así que sobre las dos de la madrugada procedieron a pinchar el saco. Y me dejaron en paz hasta las cuatro y media que volvieron a explorar, supongo que debido al ratillo que llevaba quejándome porque, ahora sí, notaba las contracciones y eran dolorosas y continuas.

– Uuuuuffff, todavía te queda. Estás muy verde.
– Pues ponedme la epidural.
Estaba tan agotada que pedí la anestesia para poder dormir.

Prepararon todo lo necesario, me hicieron sentarme en la cama abrazada a una almohada y me dijeron que aguantase las contracciones, que no me moviera.
Y no me moví, a pesar de que el dolor era muy intenso. Y tan intenso!

Me ayudaron a recostarme pero les interrumpí –estoy empujando– les dije.

Según el protocolo, el padre no debía estar en la habitación mientras administraban la anestesia. Desde el otro lado de la puerta, escuchando mis quejidos, pensaba en cómo debía doler aquello de la epidural…

– Abridle al padre! – gritó alguien desde la habitación muy oportunamente.

Entró el padre y salió el niño, pim pam.

Cinco y cinco de la madrugada. Dos kilos cuatrocientos gramos de pellejo, 37 semanas de gestación. Sé que los hay que nacen mucho más pequeños, pero a mi aquello me pareció demasiado chiquitín:
– Mételo pa dentro que aún le falta un golpe de horno – dije a la matrona.

parto
LittlePadawan recién nacido

Ya con LittlePadawan en brazos, la epidural hizo efecto. Primero se durmió mi pierna izquierda y luego el resto de mi persona. Y, por fin, descansamos y recuperamos fuerzas, que falta nos harían para luchar de nuevo, esta vez por la lactancia, pero eso es otra historia.

Debo apuntar también que al final me pusieron oxitocina sin mi consentimiento. Me lo dijo la matrona antes de trasladarme a la habitación.
Meses después del parto me enteré de que habían cambiado los protocolos de cara al parto y se recomendaba la administración de oxitocina para favorecer el correcto alumbramiento de la placenta.
Pero en el hospital no me avisaron antes ni me explicaron nada después.

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